jueves, 30 de enero de 2014

Segundo capítulo.

         Habían pasado ya 3 días y aún no había vuelto a ver a aquel chico ¿dónde se habría metido? Salía todos los días un par de horas con la excusa de ir a tomar el aire. Dentro de un barco es un poco complicado, pero mis padres no hacían preguntas y eso era todo lo que necesitaba. Tenía curiosidad, quería saberlo todo acerca del chico de los grandes ojos azules. Azul cielo, claros y brillantes. Normalmente no me suelo interesas por las personas, es algo natural en mí, ignorar todo lo que me rodea, pero él, él tenía algo especial que me empujaba a querer conocerle. 
           
            Ese día decidí quedarme un poco más de lo normal pues la verdad es que no tenía especial interés en volver a mi camarote, por lo que me senté en el pasillo donde días anteriores había chocado con el chico. Calculé que pude estar sentada unas 3 horas y media antes de que apareciera. se podía ver en su mirada que buscaba a alguien, ya que no dejaba de mirar hacia todos lados. No se percató de que yo estaba allí hasta que tosí sin querer. Me tensé al ver que posaba su mirada en mí. 

- Shh, ¿Es que acaso quieres que me descubran? - Me susurró, sin dejar de mirarme por un segundo y después volviendo a mirar para todos lados. Al final suspiró y se sentó a mi lado, lo que me sorprendió aún más. - Bueno, parece que no hay nadie, por cierto, me llamo Massimo, Massimo Bernardi, ¿tú como te llamas? 

           No pude evitar fijarme en su acento, muy marcado. Supuse que era Italiano, no tanto por el acento, pero por el nombre. Aún seguía en shock, y hablar con chicos no era lo que se dice mi punto fuerte. Balbuceé varias veces antes de poder decir mi nombre completo.

- Mara, me llamo Mara. Por cierto, ¿descubrirte? ¿quién? 

           Él tan solo negó con la cabeza, sonriendo tristemente. 

- ¿Me prometes que puedo confiar en ti? - Preguntó. 

        Iba a decir que sí justo cuando se escucharon algunos pasos y Massimo huyó corriendo. Fue una charla corta, pero, aún así, volví contenta a mi habitación por tan solo saber su nombre. Massimo. Massimo. Massimo. No dejaba de repetirlo en mi cabeza. Sonaba dulce y delicado, pero a la vez duro y misterioso. Sin embargo, tenía demasiada curiosidad por saber más sobre él, y no iba a perder mi oportunidad. 
        
           Seguí el camino por el que había visto desaparecer al chico, que se basaba en un pasillo largo y recto, con paredes color gris y suelo de moqueta azul oscuro. Caminé tan deprisa como pude y cuando llegué al final, le vi apoyado en el marco de una puerta sonriendo, mirando hacia mí. 

- Sabía que vendrías - Dijo sonriéndome

- ¿Qué? ¿Y cómo lo sabías? - Dije, evitando dejar escapar mi sonrisa. 

- La curiosidad te mata, y quieres saber quién soy, ¿verdad?

- Sí, quiero decir, NO, esto.... yo 

- Vengo de Italia, de un pequeño pueblo de Venecia, se llama Gioia. Por desgracia, no puedo contarte más. Quizás algún día. 

- ¿Por qué hablas mi idioma? - Pregunté, y por la expresión de su cara, juraría que no se esperaba esta pregunta. 

- Bueno, creo que soy un buen estudiante - Soltó una carcajada. No se que significaba su risa, pero era preciosa. 

        Esa fue la última vez que hablé con él, pero, de algún modo, no podía sacarme a Massimo Bernardi, de Gioia y buen estudiante de mi imaginativa cabeza.