Al día siguiente el mundo me parecía un lugar maravilloso. Quizás era porque había recuperado toda la esperanza de verle. ¿Era posible que me hubiera enamorado de él tan solo después de haber hablado unos minutos? No soy del tipo de chica que cree en el amor a primera vista, pero, sin duda, no podía sacarme a este chico de la cabeza y debía haber alguna explicación razonable aparte de porque era terriblemente atractivo, tenía una sonrisa preciosa y una forma de hablar muy, muy cautivadora.
Bajé a desayunar y fui al instituto. Allí dentro era la persona más tímida, apenas me atrevía a levantar la mano en clase y cuándo la profesora me pedía que me levantara para que respondiera alguna pregunta me temblaban las piernas con solo pensar que todo el mundo me estaba mirando. Pero claro, todo era diferente cuándo estaba sola, sumergida en mis libros, mi música y mi interminable fuente de locura e imaginación. Cada noche soñaba despierta todo lo que le diría a Massimo cuando le volviese a ver, aunque en la realidad no sería capaz de decir dos palabras seguidas y que tuvieran sentido.
Ese día por la tarde los Bernardi volvían a estar en mi casa. Buenas noticias. Al parecer íbamos a celebrar una comida con su familia. Con Massimo. Lo sé, sonaba como una obsesa, pero en ese punto de mi vida me daba igual lo que pareciese, tenía que resolver un millón de dudas. ¿De quién huía en el barco, cuándo me lo encontré las dos veces? ¿Y por qué desapareció? ¿Y por qué no me podía contar nada? Y yo estaba dispuesta a que me contestara todas y cada una de esas preguntas.
Pasamos el resto de la tarde con sus padres, planificándolo todo para la pequeña fiesta que tenían pensado celebrar. Elegimos la comida, la bebida, la decoración, todo. No entendía que era lo que celebrábamos pero tampoco me importaba mucho. El fin justifica los medios ¿verdad? claro que sí. La comida o pequeña fiesta o como quisiéramos llamarlo, se celebraría en justo una semana, 4 de diciembre, domingo.
- Mamá, ¿cuánto durará la comida? - Pregunté, inocentemente para saber cuanto de cuanto tiempo estábamos hablando.
- No lo sé hija, y sea lo que sea lo que te traes entre manos, cuidado, no quiero pasar vergüenza delante de esta familia.
- Descuida mamá, descuida.
Últimamente, mi madre estaba muy pendiente de sus amigos. Y de mí. Sobre todo de mí. Le preocupaba que hiciera algo fuera de lo normal y que pensaran que nuestra familia no merece la pena. En aquella época, la opinión de los demás era más importante que la tuya propia. Ridículo. ¿Qué podría hacer yo, una joven adolescente sin experiencia en nada? No entendía la constante preocupación de los adultos de aparentar ser de todo menos lo que realidad somos. Este es, para variar, otro de los temas que tampoco me importaban mucho. Yo era como era y ningún estirado me iba a hacer cambiar. Y por supuesto, no podía esperar a que pasara toda la semana.