miércoles, 12 de febrero de 2014

Cuarto capítulo.

    Al día siguiente el mundo me parecía un lugar maravilloso. Quizás era porque había recuperado toda la esperanza de verle. ¿Era posible que me hubiera enamorado de él tan solo después de haber hablado unos minutos? No soy del tipo de chica que cree en el amor a primera vista, pero, sin duda, no podía sacarme a este chico de la cabeza y debía haber alguna explicación razonable aparte de porque era terriblemente atractivo, tenía una sonrisa preciosa y una forma de hablar muy, muy cautivadora.

   Bajé a desayunar y fui al instituto. Allí dentro era la persona más tímida, apenas me atrevía a levantar la mano en clase y cuándo la profesora me pedía que me levantara para que respondiera alguna pregunta me temblaban las piernas con solo pensar que todo el mundo me estaba mirando. Pero claro, todo era diferente cuándo estaba sola, sumergida en mis libros, mi música y mi interminable fuente de locura e imaginación. Cada noche soñaba despierta todo lo que le diría a Massimo cuando le volviese a ver, aunque en la realidad no sería capaz de decir dos palabras seguidas y que tuvieran sentido. 

    Ese día por la tarde los Bernardi volvían a estar en mi casa. Buenas noticias. Al parecer íbamos a celebrar una comida con su familia. Con Massimo. Lo sé, sonaba como una obsesa, pero en ese punto de mi vida me daba igual lo que pareciese, tenía que resolver un millón de dudas. ¿De quién huía en el barco, cuándo me lo encontré las dos veces? ¿Y por qué desapareció? ¿Y por qué no me podía contar nada? Y yo estaba dispuesta a que me contestara todas y cada una de esas preguntas. 

    Pasamos el resto de la tarde con sus padres, planificándolo todo para la pequeña fiesta que tenían pensado celebrar. Elegimos la comida, la bebida, la decoración, todo. No entendía que era lo que celebrábamos pero tampoco me importaba mucho. El fin justifica los medios ¿verdad? claro que sí. La comida o pequeña fiesta o como quisiéramos llamarlo, se celebraría en justo una semana, 4 de diciembre, domingo. 

- Mamá, ¿cuánto durará la comida? - Pregunté, inocentemente para saber cuanto de cuanto tiempo estábamos hablando. 

- No lo sé hija, y sea lo que sea lo que te traes entre manos, cuidado, no quiero pasar vergüenza delante de esta familia. 

- Descuida mamá, descuida. 

    Últimamente, mi madre estaba muy pendiente de sus amigos. Y de mí. Sobre todo de mí. Le preocupaba que hiciera algo fuera de lo normal y que pensaran que nuestra familia no merece la pena. En aquella época, la opinión de los demás era más importante que la tuya propia. Ridículo. ¿Qué podría hacer yo, una joven adolescente sin experiencia en nada? No entendía la constante preocupación de los adultos de aparentar ser de todo menos lo que realidad somos. Este es, para variar, otro de los temas que tampoco me importaban mucho. Yo era como era y ningún estirado me iba a hacer cambiar. Y por supuesto, no podía esperar a que pasara toda la semana. 

Tercer capítulo.

     Aquella fue la última vez que vi a Massimo en ese barco. De él tan solo sabía que era un chico encantador, misterioso, que venía de la gran Italia, aunque no sabía los motivos ni con quién estaba. Lo que sí sabía era que todos mis sueños estaban relacionados con aquel chico al que no conocía de nada.

     Por otro lado, tenía al incesante charlatán de mi padre. Cuándo llegamos al puesto de Buenos Aires, no paraba de repetir una y otra vez que el poder huir del país en aquella situación no había sido más que suerte, y que debería darle las gracias a dios por haber llegado tan lejos. Si os soy sincera, ni siquiera creía que fuéramos a salir vivos de aquel barco. Estuvimos dentro de unas cinco tormentas en esos veinte días e inexplicablemente conseguimos superarlas. Por las noches, se escuchaba como las paredes del barco crujían, lo que era terriblemente espeluznante. La comida era un horror, por no decir el frío que hacía.

     Argentina era... ¿cómo decirlo? diferente a todo lo que había visto. Era grande y había muchísimo ruido en las calles. El acento era, sin duda, encantador. Al menos se entendía bastante bien, y eso me alegraba. Tenía, claro, su parte negativa. No podía decir que echaba de menos España, pero no me gustaba el tráfico de aquí. Muchísimos coches que se dirigían a múltiples destinos y si tú tenías la mala de suerte de tener que cruzar una calle, podías esperar horas a que alguien se apiadara de ti y te dejara cruzar. Por otro lado, podías intentar cruzar como un kamikaze, pero seguramente no llegarías al otro lado, sino a un hospital y con lesiones graves.

     Un día, unos meses después de llegar, cuándo ya me había acostumbrado a mis nuevos compañeros de clase, a mis vecinos italianos que me recordaban más de lo que me hubiera gustado en aquella época a Massimo, y que se peleaban todas las noches porque ninguno quería hacer la cena por lo que acaban pidiendola a domicilio, alguien tocó al timbre. Yo estaba en la planta de arriba, en mi nueva habitación de paredes púrpura y suelo de madera, nada que ver con mi casa en España. Mamá gritó que no nos moviésemos, que abriría ella. Supuse que sería algún amigo del trabajo cuándo los escuché hablar entre risas, y que por lo tanto hablarían de las mismas cosas aburridas de las que hablan todos los adultos. Seguramente se dedicarían a preguntarse como estaban sus familias y se quejarían de lo poco que les pagaba su jefe en relación a lo mal que les trataba. Mi madre se dedicaba a limpiar casas del vecindario y mi padre hacía chapuzas por el barrio. Seguíamos sin tener mucho dinero, pero la situación era bastante mejor que antes. Un poco después, mi madre nos llamó para que bajásemos a saludar a unos amigos que habían venido y que nos quería presentar, ya que según ella, pasarían batante tiempo en casa. Al principio me desconcertó un poco, ya que pensaba que solo había una persona allí abajo, pero aún así, decidí hacerle caso y presentarme.

     Al bajar las escaleras vi a un hombre que aparentaba unos 45 años y a una mujer, la que supuse que sería su esposa, de más o menos la misma edad. Ambos eran rubios y de ojos claros, bastante altos. Una pareja envidiable. Nos sentamos a comer con ellos mientras nos iban contando cosas que para mí no tenían importancia, acerca de sus vidas. Que tenían un perro, dos hijos, que iban a un instituto no muy lejos del mío, que conocían a mi madre porque la mujer limpiaba casas con ella, etc. Al cabo de un rato, me dí cuenta de que no sabía sus nombres.

- Esto... perdonen, pero creo que aún no se sus nombres.... - titubeé.

- Oh, perdona querida, yo soy Elisa y mi marido Franchesco - Dijo la mujer con una sonrisa en la cara.

     Mi madre se quedó mirándome un rato, hasta que añadió

- Mara, ¿podrías traer el álbum de fotos que hay en el mueble de la sala de estar? quiero enseñarle a la señora Bernardi uno de los parques de España de los que hemos estado hablando.

     Asentí con la cabeza y fui a buscar el álbum. No fue hasta la mitad del camino cuándo caí en la cuenta. BERNARDI. Ese era su apellido. Seguramente me estaba volviendo loca y sabía que la posibilidad de que los padres de Massimo estuvieran comiendo en mi salón era practicamente remota, pero aún así volví a mi asiento con la respiración agitada.

- No quisiera ser grosera, pero, ¿cómo se llaman sus hijos? Es que mi madre ha mencionado sus apellidos y quizás conozca a alguno de ellos, ya saben, los jóvenes conocemos a mucha gente. - Sonó algo ridículo, pero funcionó. Mi madre volvió a mirarme, obviamente ella no se tragaba nada y seguramente me pediría una explicación si llegamos a estar a solas.

- El menor se llama Hugo, tiene 6 años - sonrió educadamente, pero estaba claro que a ese no lo conocía - El mayor se llama Massimo, quizás a él si le conozcas, deberíamos quedar todos un día.

     Dejé de respirar por un segundo, o quizás minutos. No sabía que decir, por lo que pedí permiso para volver a mi habitación. Salté y corrí hasta que se me pasaron los nervios. Todo pintaba bien, y quizás volvía a ver a Massimo.