Tres días después de la fiesta, cuándo estaba echando una pequeña siesta en mi cama, me desperté al escuchar gritos en la planta baja de la casa. Salí de la cama y bajé a ver que es lo que pasaba. Me encontré a mi madre gritándole a mi padre con los ojos rojos de haber estado llorando. No entendía absolutamente nada. Mi madre se calló cuándo me vio en las escaleras.
- Mara, no te preocupes, tu padre ya se iba - Me dijo secandose unas cuantas lágrimas.
- ¿Irse? ¿A dónde? - Miré a mi padre, esperando a que respondiera. En lugar de eso agachó la cabeza y me obligué a mirar a mi madre.
- Pues él sabra, con la otra, qué más da. Nosotros no le importamos.
- No entiendo nada, ¿qué esta pasando? - Volví a preguntar.
- Resulta que tu padre, bueno, dígamos que yo no soy su única mujer. Y tiene suerte de que no le denuncie. Pero bueno, que se va de la casa, no quiero que pase ni un solo minuto más aquí. Espero que esta situación no te afecte demasiado, sigue estudiando. Eres la misma persona, simplemente ahora sabes que tu padre es un mentiroso.
Corrí escaleras arriba y volví a encerrarme en mi habitación, lloré durante horas. No tenía ganas de hacer nada y decidí que si dormía no sentiría. Ya sabéis, dicen que la mejor forma de no romper tu corazón es pretender que no tienes uno. Dormí durante tres días seguidos. Solo me levantaba para ir al baño o comer algo, aunque no tenía mucho apetito. Mi casa se veía rara sin mi padre. Aunque parezca increíble, no le tenía demasiado rencor. Al fin y al cabo, seguía siendo mi padre. Por otro lado, esperaba que le fuera muy mal en la vida por hacernos sufrir así. En realidad, ¿Qué más da? tampoco tenía mucho contacto con él, la diferencia es que ahora sé por qué.
Al cuarto día me reicorporé a clase. La profesora decía que estaba preocupada. Mentirosa, si de verdad lo hubiera estado al menos hubiera llamado a casa. ¿Verdad? Bueno, no podía prestar atención en clase, no podía concentrarme. Durante esos días me olvidé por completo de Massimo, por eso cuando llegué a casa cogí un lápiz y papel. Le escribí una carta contándole lo que había pasado y por qué no le había escrito antes, esperaba que realmente bastase con una disculpa. Y bastó. Al día siguiente vino a verme. Lo recibí con una media sonrisa, aún estaba un poco afectada pero sabía que iba a superarlo tarde o temprano. No quería que notara que estaba mal, no me gusta ser el tipo de persona que deprime a la gente. Subimos a mi habitación y ambos nos sentamos en mi cama.
- ¿Cómo estas? he recibido esta mañana tu carta - Me preguntó, mirándome.
- Sé que es un poco raro porque a penas nos conocemos pero si te soy sincera no tenía a nadie más a quién pudiese mandarle esa carta. Pero estoy bien, es raro, porque se que todo lo que está pasando con mi familia es muy malo pero al mismo tiempo no me siento mal del todo. No sé si tiene sentido...- Reí ligeramente, me estaba haciendo un lío yo sola.
-Bueno, creo que lo puedo entender - Se rascó la nuca mientras sonreía - Y no te preocupes, puedes hablar conmigo siempre que quieras.
- Gracias, de verdad, creo que empezaba a necesitar a hablar con alguien.
El resto de la tarde seguimos hablando de la situación en la que estaba. Me gustaba poder hablar con alguien por una vez en mi vida y sentir que podía confiar en él. Me relajaba.
El barco de los sueños. Una historia llena de acción y suspense, pero sobre todo, amor.
domingo, 9 de marzo de 2014
Sexto capítulo.
La mañana del domingo en el que se celebraría la pequeña fiesta la pasé limpiando la casa para que estuviera perfecta para los Bernardi y así mi madre no se quejaría más. Tardé alrededor de hora y media en elegir la ropa que me pondría. Me di por vencida y me puse uno de los vestidos que encontré en mi armario. Era azul y quedaba justo por encima de la rodilla. Era liso y simple, aunque nuestra situación había mejorado, no teníamos tanto dinero como para comprar ropa bonita. No enseñaba demasiado. Para entonces eso era lo normal, las chicas no usaban pantalones muy a menudo o para salir de casa sino que siempre usaban vestidos. Era lo propio para una señorita, creo.
A menos de una hora de que llegaran mis nervios estaban completamente a flor de piel. ¿Cómo reaccionaría al verme? ¿Se acordaría de mí? ¿Le sería indiferente? No podía dejar de pensar en su reacción y sinceramente me estaba volviendo loca. Quizás me estaba obsesionando y estaba exagerando el hecho de que me gustaba un poco. Quizás no era para tanto. Quizás solo me lo estaba imaginando todo y no había química entre nosotros. Simplemente no estaba segura de nada ahora que iba a volver a verle.
Poco después de estar comiéndome la cabeza alguien tocó al timbre. Me levanté rápido de mi cama y alisé mi vestido para que se viera medio presentable. Corrí al cuarto de baño y me arreglé el pelo. Dejé que mi pelo moreno cayera hasta la cintura. Hoy estaba más liso que otros días y lo agradecía enormemente. Me tomé unos segundos para comprobar que mi respiración era normal y que no me iba a desmayar al bajar, por si acaso. Después, lentamente y aparentando normalidad con una sonrisa de bienvenida en la cara fui bajando las escaleras hasta encontrarme con la familia Bernardi en el salón. Primero miré a mi madre, que seguramente era la que había abierto la puerta, quién me hizo un gesto con la mano para que fuera a saludar.
Me acerqué lentamente a cada uno de ellos, primero saludé a su padre dándole un beso en la mejilla. Aún se me hacía extraño porque en España se suelen dar dos y no uno, era algo a lo que tendría que acostumbrarme de una vez. Saludé a su madre y a su hermano pequeño. El esperaba su lado, me estaba mirando con una sonrisa divertida.
- Encantada, me llamo Mara - Le dije, sonriendo también e intentando pasar desapercibida. Mis padres no sabían que ya nos conocíamos por lo que digamos que tenía que actuar como lo haría normalmente.
- Lo sé, lo recuerdo - Me susurró en el oído justo cuando iba a darle dos besos. Bueno, uno. Hizo que toda mi piel se erizara y lo único que pude hacer era dejar escapar una pequeña risita.
Mi madre ya tenía la comida hecha, por lo que nos sentamos todos en la mesa. La conversación era fluida entre los padres, pero digamos que los más jóvenes nos aburríamos bastante. Mi hermano volvió a su habitación en cuanto terminó de comer y mi madre le echó su típica mirada de reproche. Me sobresalté al escuchar la voz de Massimo.
- Creo que a tú hermano le caerá una buena bronca por eso - Dijo en voz baja.
- ¿Eh? eh, sí, seguramente. Ya sabes, no le interesan muchas cosas aparte de su colección de coches. Es como si aún tuviera cinco años - Dije, dejando escapar un suspiro y negando con la cabeza.
- Debo admitir que me sorprendió verte a tí cuando entré por la puerta. Argentina es grande, venga, ¿cuántas posibilidades teníamos de volver a vernos? - Dijo sonriendo.
- Tienes razón, aunque cuándo tu madre dijo tu nombre supe inmediatamente que eras tú, el chico misterioso y fugitivo del barco - Solté una risita suave, casi impeceptible.
- Uhm, ¿tanto piensas en mí? qué interesante - Él soltó una carcajada y yo me sonrojé. Nuestros padres nos miraron sonriendo. Supongo que contentos al ver que nos llebávamos bien.
- Oh, no te lo tengas tan creído, simplemente recordaba tu nombre. - Esta vez reí yo y él se unió a mí.
- ¿Entonces no has pensado en mí ni una vez desde la última vez que me viste? - Dijo imitando una voz seductora que no le salió del todo bien. Yo me reí a carcajadas.
- ¿Ha pensado usted en mí, señor Bernardi? - Dije susurrando para que nuestros padres estuvieran al margen de la conversación.
- Yo he preguntado primero, Señorita.
- Está bien, admito que tengo curiosidad y algunas preguntas que podría hacerte. - Dije ronriendo, al menos estaba siendo sincera pero tampoco pensaba admitir que era en lo único que había pensado. - Venga, responde ahora a mi pregunta.
- Bueno, no dejo de pensar en los motivos por los que estabas sentada en el pasillo de un barco tú sola mirando a la pared de enfrente - Dijo sarcástico. - ¿No será que me estabas esperando?
- Wow, ¿te ha dicho alguien alguna vez que eres un poco egocéntrico? - Se lo dije de broma, sin duda tenía motivos para ser cuán egocéntrico quisiera.
-Bah - Hizo un gesto de desdeño con la mano - Algo he oído, ts, rumores sin importancia. - Reímos de nuevo.
Al cabo de un rato dejamos la mesa del comedor y subimos a mi habitación para poder hablar sin que padres o hermanos estuvieran delante. Siempre viene bien un poco de privacidad. Pasamos la tarde haciendo bromas y riendo, era realmente increíble. Al caer la noche tuvo que irse a casa, pero no sin antes acordar que volveríamos a vernos. Me dio su dirección y el anotó la mía para que así pudiéramos enviarnos cartas. No vivía muy lejos, por lo que también podíamos ir a vernos andando. Estaba emocionada, tenía ganas de volver a verle y hacerle un millón de preguntas que no había sido capaz de hacerle aún.
sábado, 8 de marzo de 2014
Quinto capítulo.
Quedaban tres días antes de que se celebrase la pequeña fiesta con los Bernardi. Estaba nerviosa, pero ya iba haciéndome a la idea de que pronto vería a Massimo. En la escuela me iba bien, mis notas no eran las mejores pero sin duda no eran las peores. De alguna forma, me las apañaba para aprobar todas las asignaturas. Mis compañeros de clase eran aceptables, de todas formas, seguía siendo la misma chica solitaria que era antes. Al parecer era imposible cambiar algunas cosas.
Ese día llegué a casa y cómo de costumbre, comí con mis padres y después subí a mi habitación para hacer algunos deberes. Por suerte no eran muchos. El resto de la tarde lo pasé leyendo y escuchando música de grupos que en esa época eran mis favoritos y que seguramente ahora no pagaría ni un céntimo por escucharles de nuevo. Además, solía imaginar como sería mi futuro, casada, con dos o tres hijos y trabajando para ayudar a mantener a mi familia. En esos tiempos aún no estaba muy bien visto que las mujeres trabajasen. Algunas, como mi madre, lo hacían, pero la gran mayoría se dedicaba a cuidar de sus familias y sus casas. Todo era muy diferente a como es ahora. Me imaginaba un futuro completamente diferente, si soy sincera. Creo que cuando somos jóvenes todo el mundo sueña a lo grande y cree que todo es posible. Quizás sí, quién sabe.
Ese era otros de mi hobbies. Meditar. Podía pasar horas y horas tumbada en la cama, mirando al techo y reflexionando sobre la vida. Suena aburrido, pero para mi era lo más divertido. Simplemente me dedicaba a soñar con todo lo que me gustaría que pasara y lo que no y cómo reaccionaría ante esas situaciones. Quizás porque me gustaba estar preparada ante todo o quizás porque tenía mucho tiempo libre.
Últimamente todo con lo que podía soñar era él. Sus ojos azules, mirándome. Seguramente sorprendido porque no espera verme. Esperaba que hubiera pensado en mí cuando su madre le dijo mi nombre, aunque las posibilidades de que eso hubiera pasado eran remotas. Imaginaba su olor al pasar corriendo por mi lado, dejándolo en el aire. Soñaba con él, con su risa, con sus brazos, pero sobretodo, soñaba con sus labios. ¿Cómo sería besarle? Bueno, aparte de imposible, claro. Sus labios eran rosados y ni muy gruesos ni muy finos. En realidad todo lo que recordaba de él era perfecto. Sus hoyuelos, su risa. Definitivamente quería volver a verle. Pero, ¿y si él no me veía de la misma forma? Quiero decir, los chicos como él no se fijan en chicas como yo. ¿Y qué le diría? Para eso sí que no estaba preparada.
- Massimo, eres tan inalcanzable - Suspiré.
Escuché una risita justo al otro lado de la puerta. Risita que se fue convirtiendo en una risa socarrona y más tarde en una carcajada. Corrí para abrir la puertay encontrarme con mi hermano.
- Ay hermanita, suspirando por un chico. ¿Quién es? ¿De tu clase? - Aún se burlaba de mí.
- No, y como digas algo te juro que... - Me interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.
- ¿Qué? No te preocupes, sabes que no diré nada. Por ahora. Me alegra ver que al menos tienes sentimientos.
- Eres un monstruo. ¿Sabías? - Sonreí.
- Algo me habían dicho. - Se fue y entró en su habitación. Aún así y teniendo la puerta cerrada pude escuchar de nuevo una carcajada.
Tras la interrupción de mi hermano decidí que quizás tenía razón y era demasiado tímida. Debía cambiar eso, no quería ser la típica chica antipática y sin amigos que pasa toda su vida soltera y con veintisiete gatos. Aún no sabía como iba a cambiar mi forma de hablar con la gente, pero lo conseguiría y haría que Massimo Bernardi se enamorase perdida y locamente de mí.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)