Quedaban tres días antes de que se celebrase la pequeña fiesta con los Bernardi. Estaba nerviosa, pero ya iba haciéndome a la idea de que pronto vería a Massimo. En la escuela me iba bien, mis notas no eran las mejores pero sin duda no eran las peores. De alguna forma, me las apañaba para aprobar todas las asignaturas. Mis compañeros de clase eran aceptables, de todas formas, seguía siendo la misma chica solitaria que era antes. Al parecer era imposible cambiar algunas cosas.
Ese día llegué a casa y cómo de costumbre, comí con mis padres y después subí a mi habitación para hacer algunos deberes. Por suerte no eran muchos. El resto de la tarde lo pasé leyendo y escuchando música de grupos que en esa época eran mis favoritos y que seguramente ahora no pagaría ni un céntimo por escucharles de nuevo. Además, solía imaginar como sería mi futuro, casada, con dos o tres hijos y trabajando para ayudar a mantener a mi familia. En esos tiempos aún no estaba muy bien visto que las mujeres trabajasen. Algunas, como mi madre, lo hacían, pero la gran mayoría se dedicaba a cuidar de sus familias y sus casas. Todo era muy diferente a como es ahora. Me imaginaba un futuro completamente diferente, si soy sincera. Creo que cuando somos jóvenes todo el mundo sueña a lo grande y cree que todo es posible. Quizás sí, quién sabe.
Ese era otros de mi hobbies. Meditar. Podía pasar horas y horas tumbada en la cama, mirando al techo y reflexionando sobre la vida. Suena aburrido, pero para mi era lo más divertido. Simplemente me dedicaba a soñar con todo lo que me gustaría que pasara y lo que no y cómo reaccionaría ante esas situaciones. Quizás porque me gustaba estar preparada ante todo o quizás porque tenía mucho tiempo libre.
Últimamente todo con lo que podía soñar era él. Sus ojos azules, mirándome. Seguramente sorprendido porque no espera verme. Esperaba que hubiera pensado en mí cuando su madre le dijo mi nombre, aunque las posibilidades de que eso hubiera pasado eran remotas. Imaginaba su olor al pasar corriendo por mi lado, dejándolo en el aire. Soñaba con él, con su risa, con sus brazos, pero sobretodo, soñaba con sus labios. ¿Cómo sería besarle? Bueno, aparte de imposible, claro. Sus labios eran rosados y ni muy gruesos ni muy finos. En realidad todo lo que recordaba de él era perfecto. Sus hoyuelos, su risa. Definitivamente quería volver a verle. Pero, ¿y si él no me veía de la misma forma? Quiero decir, los chicos como él no se fijan en chicas como yo. ¿Y qué le diría? Para eso sí que no estaba preparada.
- Massimo, eres tan inalcanzable - Suspiré.
Escuché una risita justo al otro lado de la puerta. Risita que se fue convirtiendo en una risa socarrona y más tarde en una carcajada. Corrí para abrir la puertay encontrarme con mi hermano.
- Ay hermanita, suspirando por un chico. ¿Quién es? ¿De tu clase? - Aún se burlaba de mí.
- No, y como digas algo te juro que... - Me interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.
- ¿Qué? No te preocupes, sabes que no diré nada. Por ahora. Me alegra ver que al menos tienes sentimientos.
- Eres un monstruo. ¿Sabías? - Sonreí.
- Algo me habían dicho. - Se fue y entró en su habitación. Aún así y teniendo la puerta cerrada pude escuchar de nuevo una carcajada.
Tras la interrupción de mi hermano decidí que quizás tenía razón y era demasiado tímida. Debía cambiar eso, no quería ser la típica chica antipática y sin amigos que pasa toda su vida soltera y con veintisiete gatos. Aún no sabía como iba a cambiar mi forma de hablar con la gente, pero lo conseguiría y haría que Massimo Bernardi se enamorase perdida y locamente de mí.
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