domingo, 9 de marzo de 2014

Sexto capítulo.

     La mañana del domingo en el que se celebraría la pequeña fiesta la pasé limpiando la casa para que estuviera perfecta para los Bernardi y así mi madre no se quejaría más. Tardé alrededor de hora y media en elegir la ropa que me pondría. Me di por vencida y me puse uno de los vestidos que encontré en mi armario. Era azul y quedaba justo por encima de la rodilla. Era liso y simple, aunque nuestra situación había mejorado, no teníamos tanto dinero como para comprar ropa bonita. No enseñaba demasiado. Para entonces eso era lo normal, las chicas no usaban pantalones muy a menudo o para salir de casa sino que siempre usaban vestidos. Era lo propio para una señorita, creo. 

     A menos de una hora de que llegaran mis nervios estaban completamente a flor de piel. ¿Cómo reaccionaría al verme? ¿Se acordaría de mí? ¿Le sería indiferente? No podía dejar de pensar en su reacción y sinceramente me estaba volviendo loca. Quizás me estaba obsesionando y estaba exagerando el hecho de que me gustaba un poco. Quizás no era para tanto. Quizás solo me lo estaba imaginando todo y no había química entre nosotros. Simplemente no estaba segura de nada ahora que iba a volver a verle. 

     Poco después de estar comiéndome la cabeza alguien tocó al timbre. Me levanté rápido de mi cama y alisé mi vestido para que se viera medio presentable. Corrí al cuarto de baño y me arreglé el pelo. Dejé que mi pelo moreno cayera hasta la cintura. Hoy estaba más liso que otros días y lo agradecía enormemente. Me tomé unos segundos para comprobar que mi respiración era normal y que no me iba a desmayar al bajar, por si acaso. Después, lentamente y aparentando normalidad con una sonrisa de bienvenida en la cara fui bajando las escaleras hasta encontrarme con la familia Bernardi en el salón. Primero miré a mi madre, que seguramente era la que había abierto la puerta, quién me hizo un gesto con la mano para que fuera a saludar. 

     Me acerqué lentamente a cada uno de ellos, primero saludé a su padre dándole un beso en la mejilla. Aún se me hacía extraño porque en España se suelen dar dos y no uno, era algo a lo que tendría que acostumbrarme de una vez. Saludé a su madre y a su hermano pequeño. El esperaba su lado, me estaba mirando con una sonrisa divertida. 

- Encantada, me llamo Mara - Le dije, sonriendo también e intentando pasar desapercibida. Mis padres no sabían que ya nos conocíamos por lo que digamos que tenía que actuar como lo haría normalmente. 

- Lo sé, lo recuerdo - Me susurró en el oído justo cuando iba a darle dos besos. Bueno, uno. Hizo que toda mi piel se erizara y lo único que pude hacer era dejar escapar una pequeña risita. 

      Mi madre ya tenía la comida hecha, por lo que nos sentamos todos en la mesa. La conversación era fluida entre los padres, pero digamos que los más jóvenes nos aburríamos bastante. Mi hermano volvió a su habitación en cuanto terminó de comer y mi madre le echó su típica mirada de reproche. Me sobresalté al escuchar la voz de Massimo. 

- Creo que a tú hermano le caerá una buena bronca por eso - Dijo en voz baja. 
- ¿Eh? eh, sí, seguramente. Ya sabes, no le interesan muchas cosas aparte de su colección de coches. Es como si aún tuviera cinco años - Dije, dejando escapar un suspiro y negando con la cabeza. 
- Debo admitir que me sorprendió verte a tí cuando entré por la puerta. Argentina es grande, venga, ¿cuántas posibilidades teníamos de volver a vernos? - Dijo sonriendo. 
- Tienes razón, aunque cuándo tu madre dijo tu nombre supe inmediatamente que eras tú, el chico misterioso y fugitivo del barco - Solté una risita suave, casi impeceptible. 
- Uhm, ¿tanto piensas en mí? qué interesante - Él soltó una carcajada y yo me sonrojé. Nuestros padres nos miraron sonriendo. Supongo que contentos al ver que nos llebávamos bien. 
- Oh, no te lo tengas tan creído, simplemente recordaba tu nombre. - Esta vez reí yo y él se unió a mí. 
- ¿Entonces no has pensado en mí ni una vez desde la última vez que me viste? - Dijo imitando una voz seductora que no le salió del todo bien. Yo me reí a carcajadas. 
- ¿Ha pensado usted en mí, señor Bernardi? - Dije susurrando para que nuestros padres estuvieran al margen de la conversación.
- Yo he preguntado primero, Señorita.
- Está bien, admito que tengo curiosidad y algunas preguntas que podría hacerte. - Dije ronriendo, al menos estaba siendo sincera pero tampoco pensaba admitir que era en lo único que había pensado. - Venga, responde ahora a mi pregunta. 
- Bueno, no dejo de pensar en los motivos por los que estabas sentada en el pasillo de un barco tú sola mirando a la pared de enfrente - Dijo sarcástico. - ¿No será que me estabas esperando?
- Wow, ¿te ha dicho alguien alguna vez que eres un poco egocéntrico? - Se lo dije de broma, sin duda tenía motivos para ser cuán egocéntrico quisiera. 
-Bah - Hizo un gesto de desdeño con  la mano - Algo he oído, ts, rumores sin importancia. - Reímos de nuevo. 

     Al cabo de un rato dejamos la mesa del comedor y subimos a mi habitación para poder hablar sin que padres o hermanos estuvieran delante. Siempre viene bien un poco de privacidad. Pasamos la tarde haciendo bromas y riendo, era realmente increíble. Al caer la noche tuvo que irse a casa, pero no sin antes acordar que volveríamos a vernos. Me dio su dirección y el anotó la mía para que así pudiéramos enviarnos cartas. No vivía muy lejos, por lo que también podíamos ir a vernos andando. Estaba emocionada, tenía ganas de volver a verle y hacerle un millón de preguntas que no había sido capaz de hacerle aún. 

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