Tres días después de la fiesta, cuándo estaba echando una pequeña siesta en mi cama, me desperté al escuchar gritos en la planta baja de la casa. Salí de la cama y bajé a ver que es lo que pasaba. Me encontré a mi madre gritándole a mi padre con los ojos rojos de haber estado llorando. No entendía absolutamente nada. Mi madre se calló cuándo me vio en las escaleras.
- Mara, no te preocupes, tu padre ya se iba - Me dijo secandose unas cuantas lágrimas.
- ¿Irse? ¿A dónde? - Miré a mi padre, esperando a que respondiera. En lugar de eso agachó la cabeza y me obligué a mirar a mi madre.
- Pues él sabra, con la otra, qué más da. Nosotros no le importamos.
- No entiendo nada, ¿qué esta pasando? - Volví a preguntar.
- Resulta que tu padre, bueno, dígamos que yo no soy su única mujer. Y tiene suerte de que no le denuncie. Pero bueno, que se va de la casa, no quiero que pase ni un solo minuto más aquí. Espero que esta situación no te afecte demasiado, sigue estudiando. Eres la misma persona, simplemente ahora sabes que tu padre es un mentiroso.
Corrí escaleras arriba y volví a encerrarme en mi habitación, lloré durante horas. No tenía ganas de hacer nada y decidí que si dormía no sentiría. Ya sabéis, dicen que la mejor forma de no romper tu corazón es pretender que no tienes uno. Dormí durante tres días seguidos. Solo me levantaba para ir al baño o comer algo, aunque no tenía mucho apetito. Mi casa se veía rara sin mi padre. Aunque parezca increíble, no le tenía demasiado rencor. Al fin y al cabo, seguía siendo mi padre. Por otro lado, esperaba que le fuera muy mal en la vida por hacernos sufrir así. En realidad, ¿Qué más da? tampoco tenía mucho contacto con él, la diferencia es que ahora sé por qué.
Al cuarto día me reicorporé a clase. La profesora decía que estaba preocupada. Mentirosa, si de verdad lo hubiera estado al menos hubiera llamado a casa. ¿Verdad? Bueno, no podía prestar atención en clase, no podía concentrarme. Durante esos días me olvidé por completo de Massimo, por eso cuando llegué a casa cogí un lápiz y papel. Le escribí una carta contándole lo que había pasado y por qué no le había escrito antes, esperaba que realmente bastase con una disculpa. Y bastó. Al día siguiente vino a verme. Lo recibí con una media sonrisa, aún estaba un poco afectada pero sabía que iba a superarlo tarde o temprano. No quería que notara que estaba mal, no me gusta ser el tipo de persona que deprime a la gente. Subimos a mi habitación y ambos nos sentamos en mi cama.
- ¿Cómo estas? he recibido esta mañana tu carta - Me preguntó, mirándome.
- Sé que es un poco raro porque a penas nos conocemos pero si te soy sincera no tenía a nadie más a quién pudiese mandarle esa carta. Pero estoy bien, es raro, porque se que todo lo que está pasando con mi familia es muy malo pero al mismo tiempo no me siento mal del todo. No sé si tiene sentido...- Reí ligeramente, me estaba haciendo un lío yo sola.
-Bueno, creo que lo puedo entender - Se rascó la nuca mientras sonreía - Y no te preocupes, puedes hablar conmigo siempre que quieras.
- Gracias, de verdad, creo que empezaba a necesitar a hablar con alguien.
El resto de la tarde seguimos hablando de la situación en la que estaba. Me gustaba poder hablar con alguien por una vez en mi vida y sentir que podía confiar en él. Me relajaba.
La nave dei sogni
El barco de los sueños. Una historia llena de acción y suspense, pero sobre todo, amor.
domingo, 9 de marzo de 2014
Sexto capítulo.
La mañana del domingo en el que se celebraría la pequeña fiesta la pasé limpiando la casa para que estuviera perfecta para los Bernardi y así mi madre no se quejaría más. Tardé alrededor de hora y media en elegir la ropa que me pondría. Me di por vencida y me puse uno de los vestidos que encontré en mi armario. Era azul y quedaba justo por encima de la rodilla. Era liso y simple, aunque nuestra situación había mejorado, no teníamos tanto dinero como para comprar ropa bonita. No enseñaba demasiado. Para entonces eso era lo normal, las chicas no usaban pantalones muy a menudo o para salir de casa sino que siempre usaban vestidos. Era lo propio para una señorita, creo.
A menos de una hora de que llegaran mis nervios estaban completamente a flor de piel. ¿Cómo reaccionaría al verme? ¿Se acordaría de mí? ¿Le sería indiferente? No podía dejar de pensar en su reacción y sinceramente me estaba volviendo loca. Quizás me estaba obsesionando y estaba exagerando el hecho de que me gustaba un poco. Quizás no era para tanto. Quizás solo me lo estaba imaginando todo y no había química entre nosotros. Simplemente no estaba segura de nada ahora que iba a volver a verle.
Poco después de estar comiéndome la cabeza alguien tocó al timbre. Me levanté rápido de mi cama y alisé mi vestido para que se viera medio presentable. Corrí al cuarto de baño y me arreglé el pelo. Dejé que mi pelo moreno cayera hasta la cintura. Hoy estaba más liso que otros días y lo agradecía enormemente. Me tomé unos segundos para comprobar que mi respiración era normal y que no me iba a desmayar al bajar, por si acaso. Después, lentamente y aparentando normalidad con una sonrisa de bienvenida en la cara fui bajando las escaleras hasta encontrarme con la familia Bernardi en el salón. Primero miré a mi madre, que seguramente era la que había abierto la puerta, quién me hizo un gesto con la mano para que fuera a saludar.
Me acerqué lentamente a cada uno de ellos, primero saludé a su padre dándole un beso en la mejilla. Aún se me hacía extraño porque en España se suelen dar dos y no uno, era algo a lo que tendría que acostumbrarme de una vez. Saludé a su madre y a su hermano pequeño. El esperaba su lado, me estaba mirando con una sonrisa divertida.
- Encantada, me llamo Mara - Le dije, sonriendo también e intentando pasar desapercibida. Mis padres no sabían que ya nos conocíamos por lo que digamos que tenía que actuar como lo haría normalmente.
- Lo sé, lo recuerdo - Me susurró en el oído justo cuando iba a darle dos besos. Bueno, uno. Hizo que toda mi piel se erizara y lo único que pude hacer era dejar escapar una pequeña risita.
Mi madre ya tenía la comida hecha, por lo que nos sentamos todos en la mesa. La conversación era fluida entre los padres, pero digamos que los más jóvenes nos aburríamos bastante. Mi hermano volvió a su habitación en cuanto terminó de comer y mi madre le echó su típica mirada de reproche. Me sobresalté al escuchar la voz de Massimo.
- Creo que a tú hermano le caerá una buena bronca por eso - Dijo en voz baja.
- ¿Eh? eh, sí, seguramente. Ya sabes, no le interesan muchas cosas aparte de su colección de coches. Es como si aún tuviera cinco años - Dije, dejando escapar un suspiro y negando con la cabeza.
- Debo admitir que me sorprendió verte a tí cuando entré por la puerta. Argentina es grande, venga, ¿cuántas posibilidades teníamos de volver a vernos? - Dijo sonriendo.
- Tienes razón, aunque cuándo tu madre dijo tu nombre supe inmediatamente que eras tú, el chico misterioso y fugitivo del barco - Solté una risita suave, casi impeceptible.
- Uhm, ¿tanto piensas en mí? qué interesante - Él soltó una carcajada y yo me sonrojé. Nuestros padres nos miraron sonriendo. Supongo que contentos al ver que nos llebávamos bien.
- Oh, no te lo tengas tan creído, simplemente recordaba tu nombre. - Esta vez reí yo y él se unió a mí.
- ¿Entonces no has pensado en mí ni una vez desde la última vez que me viste? - Dijo imitando una voz seductora que no le salió del todo bien. Yo me reí a carcajadas.
- ¿Ha pensado usted en mí, señor Bernardi? - Dije susurrando para que nuestros padres estuvieran al margen de la conversación.
- Yo he preguntado primero, Señorita.
- Está bien, admito que tengo curiosidad y algunas preguntas que podría hacerte. - Dije ronriendo, al menos estaba siendo sincera pero tampoco pensaba admitir que era en lo único que había pensado. - Venga, responde ahora a mi pregunta.
- Bueno, no dejo de pensar en los motivos por los que estabas sentada en el pasillo de un barco tú sola mirando a la pared de enfrente - Dijo sarcástico. - ¿No será que me estabas esperando?
- Wow, ¿te ha dicho alguien alguna vez que eres un poco egocéntrico? - Se lo dije de broma, sin duda tenía motivos para ser cuán egocéntrico quisiera.
-Bah - Hizo un gesto de desdeño con la mano - Algo he oído, ts, rumores sin importancia. - Reímos de nuevo.
Al cabo de un rato dejamos la mesa del comedor y subimos a mi habitación para poder hablar sin que padres o hermanos estuvieran delante. Siempre viene bien un poco de privacidad. Pasamos la tarde haciendo bromas y riendo, era realmente increíble. Al caer la noche tuvo que irse a casa, pero no sin antes acordar que volveríamos a vernos. Me dio su dirección y el anotó la mía para que así pudiéramos enviarnos cartas. No vivía muy lejos, por lo que también podíamos ir a vernos andando. Estaba emocionada, tenía ganas de volver a verle y hacerle un millón de preguntas que no había sido capaz de hacerle aún.
sábado, 8 de marzo de 2014
Quinto capítulo.
Quedaban tres días antes de que se celebrase la pequeña fiesta con los Bernardi. Estaba nerviosa, pero ya iba haciéndome a la idea de que pronto vería a Massimo. En la escuela me iba bien, mis notas no eran las mejores pero sin duda no eran las peores. De alguna forma, me las apañaba para aprobar todas las asignaturas. Mis compañeros de clase eran aceptables, de todas formas, seguía siendo la misma chica solitaria que era antes. Al parecer era imposible cambiar algunas cosas.
Ese día llegué a casa y cómo de costumbre, comí con mis padres y después subí a mi habitación para hacer algunos deberes. Por suerte no eran muchos. El resto de la tarde lo pasé leyendo y escuchando música de grupos que en esa época eran mis favoritos y que seguramente ahora no pagaría ni un céntimo por escucharles de nuevo. Además, solía imaginar como sería mi futuro, casada, con dos o tres hijos y trabajando para ayudar a mantener a mi familia. En esos tiempos aún no estaba muy bien visto que las mujeres trabajasen. Algunas, como mi madre, lo hacían, pero la gran mayoría se dedicaba a cuidar de sus familias y sus casas. Todo era muy diferente a como es ahora. Me imaginaba un futuro completamente diferente, si soy sincera. Creo que cuando somos jóvenes todo el mundo sueña a lo grande y cree que todo es posible. Quizás sí, quién sabe.
Ese era otros de mi hobbies. Meditar. Podía pasar horas y horas tumbada en la cama, mirando al techo y reflexionando sobre la vida. Suena aburrido, pero para mi era lo más divertido. Simplemente me dedicaba a soñar con todo lo que me gustaría que pasara y lo que no y cómo reaccionaría ante esas situaciones. Quizás porque me gustaba estar preparada ante todo o quizás porque tenía mucho tiempo libre.
Últimamente todo con lo que podía soñar era él. Sus ojos azules, mirándome. Seguramente sorprendido porque no espera verme. Esperaba que hubiera pensado en mí cuando su madre le dijo mi nombre, aunque las posibilidades de que eso hubiera pasado eran remotas. Imaginaba su olor al pasar corriendo por mi lado, dejándolo en el aire. Soñaba con él, con su risa, con sus brazos, pero sobretodo, soñaba con sus labios. ¿Cómo sería besarle? Bueno, aparte de imposible, claro. Sus labios eran rosados y ni muy gruesos ni muy finos. En realidad todo lo que recordaba de él era perfecto. Sus hoyuelos, su risa. Definitivamente quería volver a verle. Pero, ¿y si él no me veía de la misma forma? Quiero decir, los chicos como él no se fijan en chicas como yo. ¿Y qué le diría? Para eso sí que no estaba preparada.
- Massimo, eres tan inalcanzable - Suspiré.
Escuché una risita justo al otro lado de la puerta. Risita que se fue convirtiendo en una risa socarrona y más tarde en una carcajada. Corrí para abrir la puertay encontrarme con mi hermano.
- Ay hermanita, suspirando por un chico. ¿Quién es? ¿De tu clase? - Aún se burlaba de mí.
- No, y como digas algo te juro que... - Me interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.
- ¿Qué? No te preocupes, sabes que no diré nada. Por ahora. Me alegra ver que al menos tienes sentimientos.
- Eres un monstruo. ¿Sabías? - Sonreí.
- Algo me habían dicho. - Se fue y entró en su habitación. Aún así y teniendo la puerta cerrada pude escuchar de nuevo una carcajada.
Tras la interrupción de mi hermano decidí que quizás tenía razón y era demasiado tímida. Debía cambiar eso, no quería ser la típica chica antipática y sin amigos que pasa toda su vida soltera y con veintisiete gatos. Aún no sabía como iba a cambiar mi forma de hablar con la gente, pero lo conseguiría y haría que Massimo Bernardi se enamorase perdida y locamente de mí.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Cuarto capítulo.
Al día siguiente el mundo me parecía un lugar maravilloso. Quizás era porque había recuperado toda la esperanza de verle. ¿Era posible que me hubiera enamorado de él tan solo después de haber hablado unos minutos? No soy del tipo de chica que cree en el amor a primera vista, pero, sin duda, no podía sacarme a este chico de la cabeza y debía haber alguna explicación razonable aparte de porque era terriblemente atractivo, tenía una sonrisa preciosa y una forma de hablar muy, muy cautivadora.
Bajé a desayunar y fui al instituto. Allí dentro era la persona más tímida, apenas me atrevía a levantar la mano en clase y cuándo la profesora me pedía que me levantara para que respondiera alguna pregunta me temblaban las piernas con solo pensar que todo el mundo me estaba mirando. Pero claro, todo era diferente cuándo estaba sola, sumergida en mis libros, mi música y mi interminable fuente de locura e imaginación. Cada noche soñaba despierta todo lo que le diría a Massimo cuando le volviese a ver, aunque en la realidad no sería capaz de decir dos palabras seguidas y que tuvieran sentido.
Ese día por la tarde los Bernardi volvían a estar en mi casa. Buenas noticias. Al parecer íbamos a celebrar una comida con su familia. Con Massimo. Lo sé, sonaba como una obsesa, pero en ese punto de mi vida me daba igual lo que pareciese, tenía que resolver un millón de dudas. ¿De quién huía en el barco, cuándo me lo encontré las dos veces? ¿Y por qué desapareció? ¿Y por qué no me podía contar nada? Y yo estaba dispuesta a que me contestara todas y cada una de esas preguntas.
Pasamos el resto de la tarde con sus padres, planificándolo todo para la pequeña fiesta que tenían pensado celebrar. Elegimos la comida, la bebida, la decoración, todo. No entendía que era lo que celebrábamos pero tampoco me importaba mucho. El fin justifica los medios ¿verdad? claro que sí. La comida o pequeña fiesta o como quisiéramos llamarlo, se celebraría en justo una semana, 4 de diciembre, domingo.
- Mamá, ¿cuánto durará la comida? - Pregunté, inocentemente para saber cuanto de cuanto tiempo estábamos hablando.
- No lo sé hija, y sea lo que sea lo que te traes entre manos, cuidado, no quiero pasar vergüenza delante de esta familia.
- Descuida mamá, descuida.
Últimamente, mi madre estaba muy pendiente de sus amigos. Y de mí. Sobre todo de mí. Le preocupaba que hiciera algo fuera de lo normal y que pensaran que nuestra familia no merece la pena. En aquella época, la opinión de los demás era más importante que la tuya propia. Ridículo. ¿Qué podría hacer yo, una joven adolescente sin experiencia en nada? No entendía la constante preocupación de los adultos de aparentar ser de todo menos lo que realidad somos. Este es, para variar, otro de los temas que tampoco me importaban mucho. Yo era como era y ningún estirado me iba a hacer cambiar. Y por supuesto, no podía esperar a que pasara toda la semana.
Tercer capítulo.
Aquella fue la última vez que vi a Massimo en ese barco. De él tan solo sabía que era un chico encantador, misterioso, que venía de la gran Italia, aunque no sabía los motivos ni con quién estaba. Lo que sí sabía era que todos mis sueños estaban relacionados con aquel chico al que no conocía de nada.
Por otro lado, tenía al incesante charlatán de mi padre. Cuándo llegamos al puesto de Buenos Aires, no paraba de repetir una y otra vez que el poder huir del país en aquella situación no había sido más que suerte, y que debería darle las gracias a dios por haber llegado tan lejos. Si os soy sincera, ni siquiera creía que fuéramos a salir vivos de aquel barco. Estuvimos dentro de unas cinco tormentas en esos veinte días e inexplicablemente conseguimos superarlas. Por las noches, se escuchaba como las paredes del barco crujían, lo que era terriblemente espeluznante. La comida era un horror, por no decir el frío que hacía.
Argentina era... ¿cómo decirlo? diferente a todo lo que había visto. Era grande y había muchísimo ruido en las calles. El acento era, sin duda, encantador. Al menos se entendía bastante bien, y eso me alegraba. Tenía, claro, su parte negativa. No podía decir que echaba de menos España, pero no me gustaba el tráfico de aquí. Muchísimos coches que se dirigían a múltiples destinos y si tú tenías la mala de suerte de tener que cruzar una calle, podías esperar horas a que alguien se apiadara de ti y te dejara cruzar. Por otro lado, podías intentar cruzar como un kamikaze, pero seguramente no llegarías al otro lado, sino a un hospital y con lesiones graves.
Un día, unos meses después de llegar, cuándo ya me había acostumbrado a mis nuevos compañeros de clase, a mis vecinos italianos que me recordaban más de lo que me hubiera gustado en aquella época a Massimo, y que se peleaban todas las noches porque ninguno quería hacer la cena por lo que acaban pidiendola a domicilio, alguien tocó al timbre. Yo estaba en la planta de arriba, en mi nueva habitación de paredes púrpura y suelo de madera, nada que ver con mi casa en España. Mamá gritó que no nos moviésemos, que abriría ella. Supuse que sería algún amigo del trabajo cuándo los escuché hablar entre risas, y que por lo tanto hablarían de las mismas cosas aburridas de las que hablan todos los adultos. Seguramente se dedicarían a preguntarse como estaban sus familias y se quejarían de lo poco que les pagaba su jefe en relación a lo mal que les trataba. Mi madre se dedicaba a limpiar casas del vecindario y mi padre hacía chapuzas por el barrio. Seguíamos sin tener mucho dinero, pero la situación era bastante mejor que antes. Un poco después, mi madre nos llamó para que bajásemos a saludar a unos amigos que habían venido y que nos quería presentar, ya que según ella, pasarían batante tiempo en casa. Al principio me desconcertó un poco, ya que pensaba que solo había una persona allí abajo, pero aún así, decidí hacerle caso y presentarme.
Al bajar las escaleras vi a un hombre que aparentaba unos 45 años y a una mujer, la que supuse que sería su esposa, de más o menos la misma edad. Ambos eran rubios y de ojos claros, bastante altos. Una pareja envidiable. Nos sentamos a comer con ellos mientras nos iban contando cosas que para mí no tenían importancia, acerca de sus vidas. Que tenían un perro, dos hijos, que iban a un instituto no muy lejos del mío, que conocían a mi madre porque la mujer limpiaba casas con ella, etc. Al cabo de un rato, me dí cuenta de que no sabía sus nombres.
- Esto... perdonen, pero creo que aún no se sus nombres.... - titubeé.
- Oh, perdona querida, yo soy Elisa y mi marido Franchesco - Dijo la mujer con una sonrisa en la cara.
Mi madre se quedó mirándome un rato, hasta que añadió
- Mara, ¿podrías traer el álbum de fotos que hay en el mueble de la sala de estar? quiero enseñarle a la señora Bernardi uno de los parques de España de los que hemos estado hablando.
Asentí con la cabeza y fui a buscar el álbum. No fue hasta la mitad del camino cuándo caí en la cuenta. BERNARDI. Ese era su apellido. Seguramente me estaba volviendo loca y sabía que la posibilidad de que los padres de Massimo estuvieran comiendo en mi salón era practicamente remota, pero aún así volví a mi asiento con la respiración agitada.
- No quisiera ser grosera, pero, ¿cómo se llaman sus hijos? Es que mi madre ha mencionado sus apellidos y quizás conozca a alguno de ellos, ya saben, los jóvenes conocemos a mucha gente. - Sonó algo ridículo, pero funcionó. Mi madre volvió a mirarme, obviamente ella no se tragaba nada y seguramente me pediría una explicación si llegamos a estar a solas.
- El menor se llama Hugo, tiene 6 años - sonrió educadamente, pero estaba claro que a ese no lo conocía - El mayor se llama Massimo, quizás a él si le conozcas, deberíamos quedar todos un día.
Dejé de respirar por un segundo, o quizás minutos. No sabía que decir, por lo que pedí permiso para volver a mi habitación. Salté y corrí hasta que se me pasaron los nervios. Todo pintaba bien, y quizás volvía a ver a Massimo.
jueves, 30 de enero de 2014
Segundo capítulo.
Habían pasado ya 3 días y aún no había vuelto a ver a aquel chico ¿dónde se habría metido? Salía todos los días un par de horas con la excusa de ir a tomar el aire. Dentro de un barco es un poco complicado, pero mis padres no hacían preguntas y eso era todo lo que necesitaba. Tenía curiosidad, quería saberlo todo acerca del chico de los grandes ojos azules. Azul cielo, claros y brillantes. Normalmente no me suelo interesas por las personas, es algo natural en mí, ignorar todo lo que me rodea, pero él, él tenía algo especial que me empujaba a querer conocerle.
Ese día decidí quedarme un poco más de lo normal pues la verdad es que no tenía especial interés en volver a mi camarote, por lo que me senté en el pasillo donde días anteriores había chocado con el chico. Calculé que pude estar sentada unas 3 horas y media antes de que apareciera. se podía ver en su mirada que buscaba a alguien, ya que no dejaba de mirar hacia todos lados. No se percató de que yo estaba allí hasta que tosí sin querer. Me tensé al ver que posaba su mirada en mí.
- Shh, ¿Es que acaso quieres que me descubran? - Me susurró, sin dejar de mirarme por un segundo y después volviendo a mirar para todos lados. Al final suspiró y se sentó a mi lado, lo que me sorprendió aún más. - Bueno, parece que no hay nadie, por cierto, me llamo Massimo, Massimo Bernardi, ¿tú como te llamas?
No pude evitar fijarme en su acento, muy marcado. Supuse que era Italiano, no tanto por el acento, pero por el nombre. Aún seguía en shock, y hablar con chicos no era lo que se dice mi punto fuerte. Balbuceé varias veces antes de poder decir mi nombre completo.
- Mara, me llamo Mara. Por cierto, ¿descubrirte? ¿quién?
Él tan solo negó con la cabeza, sonriendo tristemente.
- ¿Me prometes que puedo confiar en ti? - Preguntó.
Iba a decir que sí justo cuando se escucharon algunos pasos y Massimo huyó corriendo. Fue una charla corta, pero, aún así, volví contenta a mi habitación por tan solo saber su nombre. Massimo. Massimo. Massimo. No dejaba de repetirlo en mi cabeza. Sonaba dulce y delicado, pero a la vez duro y misterioso. Sin embargo, tenía demasiada curiosidad por saber más sobre él, y no iba a perder mi oportunidad.
Seguí el camino por el que había visto desaparecer al chico, que se basaba en un pasillo largo y recto, con paredes color gris y suelo de moqueta azul oscuro. Caminé tan deprisa como pude y cuando llegué al final, le vi apoyado en el marco de una puerta sonriendo, mirando hacia mí.
- Sabía que vendrías - Dijo sonriéndome.
- ¿Qué? ¿Y cómo lo sabías? - Dije, evitando dejar escapar mi sonrisa.
- La curiosidad te mata, y quieres saber quién soy, ¿verdad?
- Sí, quiero decir, NO, esto.... yo
- Vengo de Italia, de un pequeño pueblo de Venecia, se llama Gioia. Por desgracia, no puedo contarte más. Quizás algún día.
- ¿Por qué hablas mi idioma? - Pregunté, y por la expresión de su cara, juraría que no se esperaba esta pregunta.
- Bueno, creo que soy un buen estudiante - Soltó una carcajada. No se que significaba su risa, pero era preciosa.
Esa fue la última vez que hablé con él, pero, de algún modo, no podía sacarme a Massimo Bernardi, de Gioia y buen estudiante de mi imaginativa cabeza.
martes, 31 de diciembre de 2013
Primer capítulo.
El suelo del puerto estaba hecho de un
cemento gris y viejo, de tacto áspero y un tanto molesto al caminar sobre él. Cómo era un tarde
aburrida y aún quedaban un par de horas para que llegara nuestro barco, me
dediqué a contar los agujeros e imperfecciones que se veían en el cemento ya
corroído por el tiempo, aunque no duré mucho ya que había demasiadas y habría
acabado volviéndome loca.
No entendía por qué habíamos salido tan
temprano de casa. Creo que mi madre había dicho algo sobre un error en la hora,
pero la verdad es que no le estaba prestando demasiada atención. Intentaba
imaginar cómo sería nuestra nueva casa, soñaba con una enorme casa blanca, con
un jardín repleto de flores de diferentes colores y quizás un vaya de madera
desde la que se podrían ver un par de perros jugando, pero sabía que eso no se
acercaba ni de lejos a lo que sería. También pensé en nuestros nuevos vecinos,
¿serían agradables? Y la escuela, oh, cómo deseaba ser una de aquellas niñas
que estudiaban en casa, pero mis padres no podían permitirse pagar a un tutor
privado.
El barco llegó diez minutos antes de lo
previsto, por lo que mi padre se alegró de haber llegado antes, nos decía que
así entraríamos de los primeros y que eso era un privilegio que no muchos
tendrían. Yo, como siempre, no entendía qué era tan importante. ‘’Cosas de
adultos’’ eso era lo único que me decía cuándo le preguntaba, además del mítico
‘’ya lo entenderás cuando seas mayor’’ y la verdad es que yo me consideraba
mayor, quizás no de edad, pero sí que era mucho más responsable que la mayoría
de chicas. Al menos, eso es lo que me decía todo el mundo. También, tenía la
sensación de que me consideraban una persona aburrida que no sabía divertirse,
que no era cierto, claro.
Unos años atrás, bastantes si soy sincera,
cuando yo tenía seis años, mi abuela me llevó a un parque que estaba lleno de
niñas y niños de mi edad. Mis hermanos, de dos y tres años más que yo,
respectivamente, venían conmigo. Ellos no tardaron en acercarse a un grupo de
niños que jugaban al fútbol y se pasaban el balón unos a otros como si ya se
conocieran de toda la vida, sin embargo, yo simplemente me senté en la arena,
sola, esperando a que alguien se acercara para hablar conmigo ya que era
demasiado tímida para ser yo la que diera el primer paso. Lo iba a dar por
perdido cuándo una niña, un bebé que seguramente no supiera hablar aún, se
acercó gateando por la arena hasta donde yo estaba, con un pequeño osito de
peluche que agarraba con una de sus manos y que estaba lleno de tierra,
seguramente de haber sido arrastrado por todo el parque por su joven dueña, a
la que no parecía importarle cuán sucio estuviera el peluche. Ella me lo tendió
esperando que yo lo cogiera, aun así, yo me quedé mirándola preguntándome cuál
sería el motivo por el que esa pequeña
niñita me había escogido a mí para compartir su juguete pudiendo haber elegido
entre muchos otros que, sin duda, parecían mucho más sociables que yo. Ella
permaneció con su brazo extendido, hasta que se alejó resoplando molesta tras
añadir un suspiro que sonó como un débil <<amargada>> mal
pronunciado y que me obligó a hacer una mueca de desagrado. Nadie más se acercó
y fue cuándo volvíamos a casa, mientras mis hermanos nombraban el nombre de
todos los chicos con los que habían estado jugando, cuándo me di cuenta de que
realmente tenía un problema en esto de socializar.
Dejé de recordar mi solitaria infancia
porque sin darme cuenta, ya habíamos llegado a nuestra habitación del barco,
que se encontraba en la planta más baja, cerca de la maquinaria que hacía
funcionar el barco y que era extremadamente ruidosa. Era la planta de bajo
coste, que era un mundo totalmente diferente al de la planta superior, dónde
viajaba la gente importante y los magnates del oro. Nosotros teníamos prohibida la entrada ahí,
ya que según los guardias, éramos animales que no sabían comportarse y que no
tenían educación. Yo tenía mucho que objetar respecto a esa opinión formada sin
ningún conocimiento, porque al fin y al cabo, todos éramos personas, lo que nos
diferenciaba de ellos, es que nosotros respetábamos a todo el mundo,
independientemente de su clase social, mientras que la gente de la planta de
arriba solo respetaba a los que tuvieran tanto dinero como ellos. Pensaban con codicia
y envidia, y actuaban como si el mundo les perteneciera. Como si les molestara
tener que respirar el mismo aire que gente como nosotros. Eso era irónico, ya que solo habíamos visto a
un par de señoras infladas que vestían trajes recargados y con plumas que
buscaban a sus hijos en nuestra planta. Quizás ellos también fueran animales
que no sabían comportarse y no tenían educación.
-
¿De verdad tendremos que dormir aquí los cuatro?
– Preguntó mi hermano.
-
Sí, y espero que sepáis comportaros, porque
pasaremos 20 días aquí dentro. – Sentenció mi madre.
-
¿20 DÍAS? ¿ES UNA BROMA? – no podía creer que tuviéramos
que pasar tanto tiempo allí dentro, ¿y si me mareaba? Y aún así, ¿dónde
diantres íbamos? – Yo pensaba que Sudamérica estaba a poco más de 13 horas.
-
En avión, 13 horas en avión. Querida, esto es un
barco, que además hace una parada de tres días en Uruguay antes de llegar a
Argentina.
-
¿Y para qué queremos estar 3 días en Uruguay? –
Pregunté
-
Mara, no lo sé, eso es lo que nos han dicho,
simplemente debes hacerte a la idea de que pasarás casi un mes en este barco.
Bufé y me tiré en una de las camas. Era
incómoda, por no decir que el colchón era tan fino que sentías los alambres
bajo las costillas. La habitación era pequeña, de paredes blancas, al igual que
las sábanas y mantas de las camas, que estaban adornadas con pequeños cojines
azules oscuros. Era completamente cuadrada, la puerta, de madera oscura, estaba
situada frente a la ventana circular que daba al mar. A un lado de esta, había
una litera doble, mientras que al otro lado había una cama de matrimonio, la de
mis padres. No había un solo cuadro, pintura o foto que decorara las paredes,
lo que la hacía aún más deprimente.
Aún quedaba un rato para la cena, por lo
que decidí salir a inspeccionar nuestra planta del barco. Era enorme, habría
más de 150 habitaciones. Recorrí unos cuántos pasillos y todos eran iguales,
pensé que no tardaría en volver a la habitación. No sé exactamente qué fue lo
que pasó, pero en unos segundos me vi en el suelo. Alguien había chocado
conmigo. Oh, aún recuerdo cómo nos miramos, él tenía los ojos más bellos que
jamás había visto.
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