martes, 31 de diciembre de 2013

Primer capítulo.

      El suelo del puerto estaba hecho de un cemento gris y viejo, de tacto áspero y un tanto molesto  al caminar sobre él. Cómo era un tarde aburrida y aún quedaban un par de horas para que llegara nuestro barco, me dediqué a contar los agujeros e imperfecciones que se veían en el cemento ya corroído por el tiempo, aunque no duré mucho ya que había demasiadas y habría acabado volviéndome loca.
     No entendía por qué habíamos salido tan temprano de casa. Creo que mi madre había dicho algo sobre un error en la hora, pero la verdad es que no le estaba prestando demasiada atención. Intentaba imaginar cómo sería nuestra nueva casa, soñaba con una enorme casa blanca, con un jardín repleto de flores de diferentes colores y quizás un vaya de madera desde la que se podrían ver un par de perros jugando, pero sabía que eso no se acercaba ni de lejos a lo que sería. También pensé en nuestros nuevos vecinos, ¿serían agradables? Y la escuela, oh, cómo deseaba ser una de aquellas niñas que estudiaban en casa, pero mis padres no podían permitirse pagar a un tutor privado.
     El barco llegó diez minutos antes de lo previsto, por lo que mi padre se alegró de haber llegado antes, nos decía que así entraríamos de los primeros y que eso era un privilegio que no muchos tendrían. Yo, como siempre, no entendía qué era tan importante. ‘’Cosas de adultos’’ eso era lo único que me decía cuándo le preguntaba, además del mítico ‘’ya lo entenderás cuando seas mayor’’ y la verdad es que yo me consideraba mayor, quizás no de edad, pero sí que era mucho más responsable que la mayoría de chicas. Al menos, eso es lo que me decía todo el mundo. También, tenía la sensación de que me consideraban una persona aburrida que no sabía divertirse, que no era cierto, claro.
     Unos años atrás, bastantes si soy sincera, cuando yo tenía seis años, mi abuela me llevó a un parque que estaba lleno de niñas y niños de mi edad. Mis hermanos, de dos y tres años más que yo, respectivamente, venían conmigo. Ellos no tardaron en acercarse a un grupo de niños que jugaban al fútbol y se pasaban el balón unos a otros como si ya se conocieran de toda la vida, sin embargo, yo simplemente me senté en la arena, sola, esperando a que alguien se acercara para hablar conmigo ya que era demasiado tímida para ser yo la que diera el primer paso. Lo iba a dar por perdido cuándo una niña, un bebé que seguramente no supiera hablar aún, se acercó gateando por la arena hasta donde yo estaba, con un pequeño osito de peluche que agarraba con una de sus manos y que estaba lleno de tierra, seguramente de haber sido arrastrado por todo el parque por su joven dueña, a la que no parecía importarle cuán sucio estuviera el peluche. Ella me lo tendió esperando que yo lo cogiera, aun así, yo me quedé mirándola preguntándome cuál sería el motivo por el  que esa pequeña niñita me había escogido a mí para compartir su juguete pudiendo haber elegido entre muchos otros que, sin duda, parecían mucho más sociables que yo. Ella permaneció con su brazo extendido, hasta que se alejó resoplando molesta tras añadir un suspiro que sonó como un débil <<amargada>> mal pronunciado y que me obligó a hacer una mueca de desagrado. Nadie más se acercó y fue cuándo volvíamos a casa, mientras mis hermanos nombraban el nombre de todos los chicos con los que habían estado jugando, cuándo me di cuenta de que realmente tenía un problema en esto de socializar.

         Dejé de recordar mi solitaria infancia porque sin darme cuenta, ya habíamos llegado a nuestra habitación del barco, que se encontraba en la planta más baja, cerca de la maquinaria que hacía funcionar el barco y que era extremadamente ruidosa. Era la planta de bajo coste, que era un mundo totalmente diferente al de la planta superior, dónde viajaba la gente importante y los magnates del oro.  Nosotros teníamos prohibida la entrada ahí, ya que según los guardias, éramos animales que no sabían comportarse y que no tenían educación. Yo tenía mucho que objetar respecto a esa opinión formada sin ningún conocimiento, porque al fin y al cabo, todos éramos personas, lo que nos diferenciaba de ellos, es que nosotros respetábamos a todo el mundo, independientemente de su clase social, mientras que la gente de la planta de arriba solo respetaba a los que tuvieran tanto dinero como ellos. Pensaban con codicia y envidia, y actuaban como si el mundo les perteneciera. Como si les molestara tener que respirar el mismo aire que gente como nosotros.  Eso era irónico, ya que solo habíamos visto a un par de señoras infladas que vestían trajes recargados y con plumas que buscaban a sus hijos en nuestra planta. Quizás ellos también fueran animales que no sabían comportarse y no tenían educación.
-          ¿De verdad tendremos que dormir aquí los cuatro? – Preguntó mi hermano.
-          Sí, y espero que sepáis comportaros, porque pasaremos 20 días aquí dentro. – Sentenció mi madre.
-          ¿20 DÍAS? ¿ES UNA BROMA? – no podía creer que tuviéramos que pasar tanto tiempo allí dentro, ¿y si me mareaba? Y aún así, ¿dónde diantres íbamos? – Yo pensaba que Sudamérica estaba a poco más de 13 horas.
-          En avión, 13 horas en avión. Querida, esto es un barco, que además hace una parada de tres días en Uruguay antes de llegar a Argentina.
-          ¿Y para qué queremos estar 3 días en Uruguay? – Pregunté
-          Mara, no lo sé, eso es lo que nos han dicho, simplemente debes hacerte a la idea de que pasarás casi un mes en este barco.
     Bufé y me tiré en una de las camas. Era incómoda, por no decir que el colchón era tan fino que sentías los alambres bajo las costillas. La habitación era pequeña, de paredes blancas, al igual que las sábanas y mantas de las camas, que estaban adornadas con pequeños cojines azules oscuros. Era completamente cuadrada, la puerta, de madera oscura, estaba situada frente a la ventana circular que daba al mar. A un lado de esta, había una litera doble, mientras que al otro lado había una cama de matrimonio, la de mis padres. No había un solo cuadro, pintura o foto que decorara las paredes, lo que la hacía aún más deprimente.

    Aún quedaba un rato para la cena, por lo que decidí salir a inspeccionar nuestra planta del barco. Era enorme, habría más de 150 habitaciones. Recorrí unos cuántos pasillos y todos eran iguales, pensé que no tardaría en volver a la habitación. No sé exactamente qué fue lo que pasó, pero en unos segundos me vi en el suelo. Alguien había chocado conmigo. Oh, aún recuerdo cómo nos miramos, él tenía los ojos más bellos que jamás había visto.

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