Recuerdo el año de 1951. España se encontraba sumergida en una gran crisis económica y no podía recibir alimentos del extranjero, por lo que teníamos que conformarnos con lo que España producía, que no era mucho. Todo era culpa de ese hombre, ese maldito hombre codicioso que tan solo quería fama y poder. Franco. Por su culpa el país estaba castigado con la más grande hambruna que padecimos jamás, y mi familia, una enorme familia como era de esperar en aquella época, temía perder a alguno de sus miembros por no tener nada que comer o medicinas con las que curarnos. Ese año, en el que de nuevo teníamos que mudarnos, no había sido mucho más productivo que los anteriores. Mi padre había sido trasladado, su séptimo traslado en dos años. Esto era porque al trabajar en el puerto tenía acceso a muchas de las embarcaciones británicas que paraban a repostar en nuestras costas y casi todas las noches volvía a casa con bolsas llenas de comida, que repartía tanto en casa como en el resto del pueblo. Podría decirse que los oficiales al mando hacían la vista gorda hasta que era inevitable tener que trasladarlo. Esta vez, mi padre nos decía que no lo trasladarían ni una vez más, y qué cierto era, ya que nos íbamos por nuestra cuenta.
Allí estaba yo, metiendo algo de ropa y cosas de valor en una bolsa, preguntándome cual sería nuestro próximo destino. ¿Quién sabe lo que se le habría ocurrido a este viejo chalado ahora? Sea lo que fuere, yo esperaba que hubiera elegido sitios como Francia o la hermosa Italia, todos esos sitios con los que una adolescente de 15 años que había nacido en el sur de España hubiera podido soñar. Me llevó poco tiempo, ya que aparte de no tener muchas cosas, no quería llevarme demasiadas cosas. Fue un grito de mi madre el que me sacó de mis pensamientos.
- ¡Niños bajad, papá va a hablar con nosotros!
Estaba temblando, me pasaba cada vez que mi padre organizaba una reunión familiar, sobre todo cuando se trataba de nuestro futuro hogar. Lentamente bajé las escaleras, intentando normalizar mi respiración para que nadie notara lo nerviosa que estaba. Todos esperaban en el salón, una pequeña habitación rosa palo con viejos muebles de madera, un antiquísimo sofá que mi hermano había encontrado en la calle y una mesa central rodeada de cinco sillas, una para cada uno de nosotros, al menos, así era antes de que mi hermano muriera el pasado año. Mis dos hermanos mayores enfermaron a la vez, y solo teníamos suficiente medicina para uno, por lo que el mayor no logró superarlo. Me senté al lado de la silla que estaba libre y miré a mi padre. <<Por dios, dilo ya. >> pensé.
- Bueno, seré breve. No hemos pasado un buen año, eso es evidente – Respiró profundamente mirando la silla en la que solía estar mi difunto hermano – Pero eso no va a parar a esta gran familia. Por ello, he decidido que nuestro próximo y último destino sea América.
No pude evitar pegar un gritito de emoción, América ni siquiera entraba en mis posibilidades, era más que el lugar de mis sueños.
- ¿A qué ciudad vamos? ¿Cómo es? ¿Y el idioma? – Estaba emocionada, quería saberlo todo acerca de ese lugar.
- Se llama Buenos Aires, y es, ¿cómo describirías tú algo que nunca has visto? Mara, tranquilízate, tan solo es una ciudad más de Sudamérica.
- Espera, ¿Sudamérica? Pero, pensaba que iríamos a los Estados Unidos… - Mi padre no pudo más que soltar una gran carcajada. Yo le observaba como una niña a la que le acababan de quitar su muñeca favorita.
- No cariño, esa América se nos queda grande – concluyó. Bufé y subí a por mis cosas, pues el barco salía en un par de horas y mi madre insistía en que no debíamos llegar tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario