No entendía por qué habíamos salido tan
temprano de casa. Creo que mi madre había dicho algo sobre un error en la hora,
pero la verdad es que no le estaba prestando demasiada atención. Intentaba
imaginar cómo sería nuestra nueva casa, soñaba con una enorme casa blanca, con
un jardín repleto de flores de diferentes colores y quizás un vaya de madera
desde la que se podrían ver un par de perros jugando, pero sabía que eso no se
acercaba ni de lejos a lo que sería. También pensé en nuestros nuevos vecinos,
¿serían agradables? Y la escuela, oh, cómo deseaba ser una de aquellas niñas
que estudiaban en casa, pero mis padres no podían permitirse pagar a un tutor
privado.
El barco llegó diez minutos antes de lo
previsto, por lo que mi padre se alegró de haber llegado antes, nos decía que
así entraríamos de los primeros y que eso era un privilegio que no muchos
tendrían. Yo, como siempre, no entendía qué era tan importante. ‘’Cosas de
adultos’’ eso era lo único que me decía cuándo le preguntaba, además del mítico
‘’ya lo entenderás cuando seas mayor’’ y la verdad es que yo me consideraba
mayor, quizás no de edad, pero sí que era mucho más responsable que la mayoría
de chicas. Al menos, eso es lo que me decía todo el mundo. También, tenía la
sensación de que me consideraban una persona aburrida que no sabía divertirse,
que no era cierto, claro.
Unos años atrás, bastantes si soy sincera,
cuando yo tenía seis años, mi abuela me llevó a un parque que estaba lleno de
niñas y niños de mi edad. Mis hermanos, de dos y tres años más que yo,
respectivamente, venían conmigo. Ellos no tardaron en acercarse a un grupo de
niños que jugaban al fútbol y se pasaban el balón unos a otros como si ya se
conocieran de toda la vida, sin embargo, yo simplemente me senté en la arena,
sola, esperando a que alguien se acercara para hablar conmigo ya que era
demasiado tímida para ser yo la que diera el primer paso. Lo iba a dar por
perdido cuándo una niña, un bebé que seguramente no supiera hablar aún, se
acercó gateando por la arena hasta donde yo estaba, con un pequeño osito de
peluche que agarraba con una de sus manos y que estaba lleno de tierra,
seguramente de haber sido arrastrado por todo el parque por su joven dueña, a
la que no parecía importarle cuán sucio estuviera el peluche. Ella me lo tendió
esperando que yo lo cogiera, aun así, yo me quedé mirándola preguntándome cuál
sería el motivo por el que esa pequeña
niñita me había escogido a mí para compartir su juguete pudiendo haber elegido
entre muchos otros que, sin duda, parecían mucho más sociables que yo. Ella
permaneció con su brazo extendido, hasta que se alejó resoplando molesta tras
añadir un suspiro que sonó como un débil <<amargada>> mal
pronunciado y que me obligó a hacer una mueca de desagrado. Nadie más se acercó
y fue cuándo volvíamos a casa, mientras mis hermanos nombraban el nombre de
todos los chicos con los que habían estado jugando, cuándo me di cuenta de que
realmente tenía un problema en esto de socializar.
Dejé de recordar mi solitaria infancia
porque sin darme cuenta, ya habíamos llegado a nuestra habitación del barco,
que se encontraba en la planta más baja, cerca de la maquinaria que hacía
funcionar el barco y que era extremadamente ruidosa. Era la planta de bajo
coste, que era un mundo totalmente diferente al de la planta superior, dónde
viajaba la gente importante y los magnates del oro. Nosotros teníamos prohibida la entrada ahí,
ya que según los guardias, éramos animales que no sabían comportarse y que no
tenían educación. Yo tenía mucho que objetar respecto a esa opinión formada sin
ningún conocimiento, porque al fin y al cabo, todos éramos personas, lo que nos
diferenciaba de ellos, es que nosotros respetábamos a todo el mundo,
independientemente de su clase social, mientras que la gente de la planta de
arriba solo respetaba a los que tuvieran tanto dinero como ellos. Pensaban con codicia
y envidia, y actuaban como si el mundo les perteneciera. Como si les molestara
tener que respirar el mismo aire que gente como nosotros. Eso era irónico, ya que solo habíamos visto a
un par de señoras infladas que vestían trajes recargados y con plumas que
buscaban a sus hijos en nuestra planta. Quizás ellos también fueran animales
que no sabían comportarse y no tenían educación.
-
¿De verdad tendremos que dormir aquí los cuatro?
– Preguntó mi hermano.
-
Sí, y espero que sepáis comportaros, porque
pasaremos 20 días aquí dentro. – Sentenció mi madre.
-
¿20 DÍAS? ¿ES UNA BROMA? – no podía creer que tuviéramos
que pasar tanto tiempo allí dentro, ¿y si me mareaba? Y aún así, ¿dónde
diantres íbamos? – Yo pensaba que Sudamérica estaba a poco más de 13 horas.
-
En avión, 13 horas en avión. Querida, esto es un
barco, que además hace una parada de tres días en Uruguay antes de llegar a
Argentina.
-
¿Y para qué queremos estar 3 días en Uruguay? –
Pregunté
-
Mara, no lo sé, eso es lo que nos han dicho,
simplemente debes hacerte a la idea de que pasarás casi un mes en este barco.
Bufé y me tiré en una de las camas. Era
incómoda, por no decir que el colchón era tan fino que sentías los alambres
bajo las costillas. La habitación era pequeña, de paredes blancas, al igual que
las sábanas y mantas de las camas, que estaban adornadas con pequeños cojines
azules oscuros. Era completamente cuadrada, la puerta, de madera oscura, estaba
situada frente a la ventana circular que daba al mar. A un lado de esta, había
una litera doble, mientras que al otro lado había una cama de matrimonio, la de
mis padres. No había un solo cuadro, pintura o foto que decorara las paredes,
lo que la hacía aún más deprimente.
Aún quedaba un rato para la cena, por lo
que decidí salir a inspeccionar nuestra planta del barco. Era enorme, habría
más de 150 habitaciones. Recorrí unos cuántos pasillos y todos eran iguales,
pensé que no tardaría en volver a la habitación. No sé exactamente qué fue lo
que pasó, pero en unos segundos me vi en el suelo. Alguien había chocado
conmigo. Oh, aún recuerdo cómo nos miramos, él tenía los ojos más bellos que
jamás había visto.